
Han tenido que venir los dirigentes con más trienios de la organización terrorista eta para establecer lo obvio: los criminales están peor que nunca, el terrorismo no tiene sentido y hay que hacer política. Han llegado a esta conclusión después de pasar unos años en la cárcel, lo cual arroja, de saque, una primera evidencia: la cárcel les ha venido bien. Muy posiblemente, de haber seguido en la calle, organizando la intendencia de la muerte y el miedo, no hubieran tenido tiempo mental para llegar a esta conclusión. Pero la parte positiva y trascendental de la reflexión no puede ocultar lo terriblemente tarde que llega. Francisco Múgica Garmendia, alias Pakito, se quitó de en medio a Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur, por decir hace treinta años lo mismo que él dice ahora. La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque entre medias han sido asesinados centenares de personas, el propio Pertur, hay centenares de viudas, de huérfanos, de familias rotas que podían ser felices. Dolores Gonzalez Katarain, Yoyes, llegó a esa misma conclusión --hay que hacer política-- a primeros de los ochenta y también tuvo que pagar con su vida, a ordenes de Pakito, el haberse adelantado en el tiempo. Y es que a los que están acostumbrados a pastorear el rebaño de la muerte no les gusta nada, pero nada, que alguien se salga de él.
Para que los que un día formaron parte de la dirección de la banda criminal reconozcan ahora su derrota y digan que el matar se debe de acabar, han pasado muchas cosas. La primera, como digo, que han sido detenidos por la policía española y han sido encarcelados, pero también que hoy en la sociedad vasca hay un desprestigio social de la muerte que antes no existía; desprestigio que se ha conseguido contra viento y marea, a base de oponerse a ella, venciendo el miedo, y no precisamente a base de dejarse seducir por la teoría del contexto, aquella que llenaba de razón al criminal y hacía recaer en la víctima la culpa de su propia muerte. Ha pasado también que se han puestos en pié medidas políticas y judiciales que han achicado los espacios de impunidad de los que disfrutaban los terroristas y que han fortalecido a los pocos que han luchado, con un alto coste, contra el terrorismo.
Justo es decir en este momento que ni el PNV, ni EA, ni IU, ni la Iglesia vasca ni tantas y tantas instancias que deberían haberse implicado activamente en esta lucha lo han hecho en la medida necesaria. Mas bien al contrario, cada vez que algunos, pocos, defendíamos la necesidad de detener y encarcelar a los terroristas, siempre había un portavoz nacionalista que nos afeaba la conducta, decía que la solución no era policial que el problema era muy, pero que muy complicado, y que había que negociar, tender puentes, dialogar o tomar la temperatura a los criminales, como si en vez de matar tuvieran fiebre. Cuando se decidió acabar con la violencia callejera por la vía de la aplicación de la ley, desde el nacionalismo se nos dijo que esa medida traería más problemas que ventajas. Cuando se decidió ilegalizar a los que hacían del apoyo impune a la violencia su razón de ser, también el nacionalismo vasco anuncio el Apocalipsis. Cada vez que se han puesto en practica medidas políticas, judiciales o policiales, siempre ha habido un pero nacionalista, un decir: por ahí, no; un presentarse como experto de la cosa para engolar la voz y largar solemnemente cosas que nunca se han cumplido. Pero da igual, no hemos oído hasta ahora ninguna autocrítica por esas actitudes y no parece que ninguno de esos portavoces vaya a reconocer ahora que teníamos razón los que decíamos que había que acabar con la impunidad, que hbía que aplicar la ley, que se equivocaron y que gracias a que no se les hizo caso hoy el mundo terrorista está en fase terminal.
El caso es que con treinta años de retraso y después de centenares de muertos, que se podrían haber evitado, hoy los antiguos dirigentes del tinglado criminal dicen que hay que parar y hacer política. La decisión tiene una relevancia extraordinaria porque algunos de estos arrepentidos se negaron en su día a seguir el camino de eta p-m, a la que pertenecían, que abandonó las armas a primeros de los ochenta y se integró en Euskadiko Ezkerra para hacer política. En aquel momento la sociedad vasca , y la del resto de España, hizo un extraordinario ejercicio de generosidad porque, aunque se puso en circulación la muletilla de que los reinsertados no tenían delitos de sangre, lo cierto es que sí los tenían. Pudimos ver fotos de antiguos etarras saludando a familiares de victimas y pudimos ver cómo gentes que estuvieron a punto de asesinar a Jaime Mayor Oreja, por ejemplo, hablaban con él civilizadamente. Es decir, hay antecedentes de reconciliación emocionantes y ¡ay!, dolorosos, porque los asesinados no podrán resucitar por mucho que los pakitos se hayan dado cuenta ahora de su error, de su horror, de su terror.
Es posible que los que dirijan eta a partir de ahora consideren arrepentidos, liquidacionistas y cosas semejantes a los que desde la cárcel cuestionan la vía terrorista; ha sido así en la historia de la organización criminal. Txelis pone en marcha la violencia callejera, es encarcelado en 1992, forra de estampitas de la virgen la celda de la cárcel y acto seguido es expulsado por Antza, que a su vez ha iniciado un proceso de reflexión en la cárcel que en unos años le llevará, a buen seguro, a decir lo mismo que sostiene pakito; y así sucesivamente. Pero aunque esta sea una organización empeñada en ser contumaz en el error y en llegar tarde a todas partes, la imagen que ofrecen estos arrepentidos llegará sin duda a muchos vascos que hasta hace poco pensaban que fuera del asesinato no había salvación para la causa nacionalista. Cada golpe policial, ciudadano, judicial, político, sitúa a los criminales diez peldaños más abajo y a los que defendemos lo obvio --los problemas políticos se resuelven por vía políticas--, diez peldaños más arriba. Los que se han aprovechado del clima de terror para sacar partido político, los que siempre han mirado hacia otro lado, los que han pensado que la muerte de su vecino no era su problema, los que han empleado más energía en criticar a los ciudadanos vascos que denunciábamos la barbarie que a quienes la practicaban, no entonarán el mea culpa, pero deben saber, en su fuero interno, que eta está en fase terminal, gracias a que no se les ha hecho caso.
Arrepentimiento tardío
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