
¿Qué haría usted si le dejan con una pierna escayolada a la puerta de un hospital de una ciudad en la que no tiene familia? Es una situación complicada que, en el mejor de los casos, puede acabar como una ‘batalla' que nos sirve para criticar al sistema sanitario cada vez que sale el tema recurrente de sus carencias en cualquier tertulia.
Este caso real puede suponer, si no se complica, una contrariedad que el sistema no puede permitir, pero de forma continua se producen a nuestro alrededor situaciones mucho peores que suponen graves dramas personales y familiares.
Tal es el caso de una familia salmantina formada por una pareja joven y dos hijos de corta edad. A la madre se le produce un derrame cerebral y, después de un largo calvario en el hospital, se queda en una silla de ruedas sin poder valerse por sí misma. El padre trabaja y apenas tiene tiempo suficiente para ocuparse de su familia, pero tampoco puede dejar su trabajo o contratar a una persona que le ayude porque no le llega con el escaso dinero que recibe de las arcas públicas.
En ambos casos, y en otros muchos, la Administración se ocupa de resolver o paliar el problema desde el punto de vista médico, pero deja a los ciudadanos desamparados y con graves problemas que pueden, incluso, arruinar sus vidas.
Es muy duro el día a día para muchas personas que tienen a su cargo personas con problemas de salud que necesitan atención permanente. Desde hace años, personas con problemas similares y, sobre todo, familiares de afectados se han asociado para tratar de ayudar a quienes padecen los efectos de algunas enfermedades. Son iniciativas altruistas e impagables para las que toda ayuda es poca, en el caso de que la reciban, pero que no pueden atender a todos los afectados, además de que muchas enfermedades no tienen asociaciones formadas en torno a ellas.
Todo lo positivo que pueda decirse de estas asociaciones debe convertirse en motivo de vergüenza para el Estado, que no es capaz de atender necesidades fundamentales para los ciudadanos. Si no tiene recursos suficientes debe distribuir sus presupuestos según las prioridades y renunciar a algunos objetivos secundarios si fuera necesario.
Hay muchas personas que sufren por partida doble: por una parte, la enfermedad o incapacidad de una persona muy cercana y, por otra, el derrumbe de sus vidas que se ven obligadas a estar dedicadas en cuerpo y alma, de forma continua, a la atención de esta persona.
No podemos permitir que no tengan a su alcance la ayuda material, profesional, humana y moral que necesitan porque, en ese caso, es la salud de nuestra sociedad la que corre serio peligro.
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