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Ser mujer en nuestra ciudad cada día es más difícil. Lo de las cifras de la EPA, sólo es el dato más llamativo que en estos días ocupa las páginas más sesudas de nuestros diarios locales; pero igualmente que de ese 28,32% de tasa de paro femenina – la segunda más alta de España, sólo por debajo de Melilla – podríamos hablar de las presiones sociales que se han de soportar para – si se está en el privilegio de tener un trabajo – no quedar embarazada; o del número de mujeres que trabajan en distintos ámbitos, aunque especialmente en el del servicio doméstico, en lo que algunos eufemísticamente vienen llamando “economía informal” pero que no es otra que la economía sumergida de toda la vida, la que nos defrauda a todos pero especialmente al que tiene la mala suerte de sufrirla: sin vacaciones, sin contratos, sin Seguridad Social, sin ... vergüenza.

O podríamos hablar de la falta de recursos para atender a nuestros mayores, carencia que “encadena” a tantas mujeres, impidiéndoles el desarrollo de su vida profesional fuera del hogar y de un modo remunerado; y hablo de mujeres encadenadas porque en las tareas del hogar como en tantas otras cosas no hay paridad que valga, esas cosas están muy bien en el gobierno y en los ministerios, pero en casa seguimos sin compartir las tareas.

Y lo cierto es que no tengo muy claro a quién echarle la culpa de este desaguisado porque aunque quien tiene que legislar – es verdad – son los diferentes gobiernos y por tanto son ellos los responsables de crear un ámbito propicio para que la igualdad en el ámbito laboral y en otros sea un hecho, no es menos cierto que quien pide el currículum con foto reciente – les falta decir de cuerpo entero y con poca ropa, a ser posible – para evaluar la imagen de la candidata independientemente del puesto a ocupar, es un empresario concreto, cualquiera de nosotros. Quien presiona a sus trabajadoras o quien incluye en las entrevistas de selección de personal preguntas relacionadas con la intención de casarse y tener hijos, no es ningún gobierno, son determinados empresarios, cualquiera de nosotros. Quien contrata a una mujer para que le tenga la casa limpia y ordenada, la comida a punto cuando sea menester y los cuellos de las camisas bien planchados, sin dar de alta en la Seguridad Social, sin cumplir el régimen especial de empleadas de hogar, sin domingos ni fiestas de guardar, somos cualquiera de nosotros, no el gobierno. Y quien decide aparcar su vida profesional si hay que cuidar de los niños o de los abuelos, no solemos ser cualquiera de nosotros, suelen ser ellas.

Es difícil ser joven en una zona como Salamanca y querer establecerse aquí, desarrollar la vida en torno a un trabajo digno y estable, siendo como es la realidad laboral de la provincia, sometida al abandono más miserable por parte de los que tienen responsabilidades en esto. Pero es mucho más difícil ser mujer en esta tierra, donde parece que el ser “hija de Eva” lleva implícito el seguir purgando día tras día el pecado aquel... el de la manzana.

Francisco Javier Portillo
Ser mujer en Salamanca