
Vaya por delante, para evitar interpretaciones erróneas, que la calidad de la sanidad pública está muy por encima de la privada en Salamanca, y esto a pesar de que el término calidad puede no siempre interpretarse de igual manera al referirnos a sistemas sanitarios. La supremacía de la sanidad pública en nuestra provincia se fundamenta en tres cualidades, contempla no solamente aspectos asistenciales, sino aspectos preventivos y de salud pública, llega a toda la población, y su potencial asistencial es infinitamente superior en infraestructuras, recursos humanos (no solo en número, también en formación de los mismos) y tecnología.
La cuestión es otra, si la sanidad pública salmantina está, en términos de calidad, a la altura del momento en que vivimos, y puede compararse a la que se ofrece en su entorno geográfico. Hace ya más de dos años que se hicieron las transferencias sanitarias, desde entonces la sanidad pública depende del Sacyl. Los que esperábamos que el acercamiento de la gestión supusiese una mejora de la misma, nos hemos visto decepcionados. La impresión es que ha aumentado la burocracia y la gestión es hoy aún más torpe.
Vayamos por partes, la atención primaria, puerta de entrada al sistema y pilar del mismo, continua siendo la cenicienta a la hora de los presupuestos. Algunos problemas se han cronificado: deficiencias de infraestructuras en muchos consultorios y centros de salud (lo del centro de Sancti Spiritus clama al cielo); cartera de servicios con grandes diferencias entre centros; mala distribución de los recursos humanos, con zonas dónde un profesional atiende a una población no mayor de 100 habitantes y otra donde pasa de los 2000; falta de tiempo racional para consulta ( aún hay que pedir diez minutos por paciente); dificultades de acceso a pruebas diagnósticas básicas y a tecnología de la comunicación, que facilite la formación de los profesionales y sus contactos con los otros niveles del sistema.
No están mejor las cosas en los hospitales. El envejecimiento de las estructuras es notable. En el fondo de algún cajón debe seguir la propuesta, que aplaudimos en su día, de un Plan Director, que suponía cambiar la infraestructura hospitalaria. Su abandono es el gran fracaso del equipo directivo del hospital y supone el no poder ofrecer un espacio asistencial digno y acorde a las necesidades de los ciudadanos de nuestra provincia. La existencia de algunos servicios de referencia regional o nacional no puede enmascarar otras realidades: listas de espera no asumibles en consultas o pruebas diagnósticas, lentitud en la implantación de la cirugía ambulatoria, masificación del servicio de urgencias y del hospital de día, en fin deficiencias en las tareas habituales y básicas de un hospital que debe cubrir las necesidades de la población adscrita. El problema no fue que Valladolid se quedase con los trasplantes, el problema es que no sabemos que queremos hacer de este hospital y ni siquiera si su estructura va a cambiarse o ya necesitamos otro.
Para finalizar, no podremos hablar de verdadera calidad asistencial si no existe una relación fluida entre ambos niveles (primaria - especializada), el paciente es uno y uno debe ser el proceso que se sigue en su atención. Esta falta de contacto explica algunos de los problemas más sangrantes, como las listas de espera o la masificación de las urgencias hospitalarias. Es necesario que el ciudadano esté convencido de que cuando enferma va ser atendido por el mismo sistema, a veces en centros diferenciados, pero siempre con el mismo criterio y sin saltos en el vacío.
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