
En el de la Guerra Civil, ese que ahora quieren desmembrar y convertir en una especie de Frankenstein de papel fotocopiado o digitalizado en medio de un parque temático. Tarjetas de cartulina marrón claro, oscurecidas por el tiempo, resumen la vida de cada sospechoso o represaliado, mecanografiada con escueta gramática militar. Legajos y magníficos carteles y libros prohibidos, trasunto burocrático de una guerra incivil que afectó y, por desgracia, todavía afecta a toda España.
Las guerras inciviles añaden el humor negro a la desgracia: los territorios vencedores deben compensar a los vencidos para construir la reconciliación posbélica, de modo que la riqueza suavice la derrota. Y es que cuando el Estado era totalitario, volcó su esfuerzo intervencionista en una parte del territorio nacional. Ahora que es democrático y más liberal, el Mercado sigue privilegiando a los favorecidos: Este, Norte y Centro de España.
Y en esas estamos en Salamanca: territorio vencedor y, por lo tanto, económicamente derrotado, poco importa si se hunde un poco más en la miseria. Solo que ya han pasado casi setenta años y hora va siendo de cerrar las carpetas y dejarlas tranquilas donde están. En Salamanca.
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