
Cientos de miles de inmigrantes llegan cada año a nuestro país en condiciones infrahumanas, la mayoría sin papeles y con un futuro incierto, y aquí nos preocupamos por la asignatura de Religión. Más de un millón de sudaneses espera una ayuda humanitaria que no llega mientras contemplan cómo queman sus casas y sus cultivos, y nosotros seguimos enzarzados en una guerra dialéctica sobre las bodas entre homosexuales. Cada día recibimos noticias desde Irak y Palestina que nos hablan de nuevos atentados, masacres, violaciones de derechos humanos, y la Iglesia española se indigna porque los trámites para conseguir el divorcio se han simplificado.
Las últimas decisiones del nuevo Gobierno socialista han levantado ampollas en las altas esferas de la Conferencia Episcopal hasta el punto de convocar una gran manifestación para el mes de diciembre en la que esperan demostrar que siguen teniendo una fuerza social que, con los datos en la mano, han perdido a lo largo de los últimos años. Las iglesias de todo el país se vacían, el clero envejece, las órdenes religiosas no encuentran a quién pasar el testigo y sólo se mantiene el folclórico gusto español por los vestidos blancos, la música de órgano y el olor a incienso al decir “sí quiero”. Sin embargo, los obispos se resisten a perder el lugar de privilegio que anteriores gobiernos le concedieron pero que, a todas luces, no se sustenta en un organización democrática aconfesional como la nuestra.
Nadie puede negar que la Iglesia desempeña un papel importantísimo en áreas concretas como la Educación, la atención a los más desfavorecidos, la Sanidad o la cooperación internacional y en ese terreno tiene derecho a recibir el mismo trato que otros colectivos. No deberíamos caer en el error de olvidar la gran labor que desarrolla en estos campos y que, en muchos casos, permite a la Administración destinar recursos económicos a otras partidas más “agradecidas” de cara a la opinión pública. Pero la moral, la conciencia y las creencias de cada uno deben permanecer en la esfera privada y nunca tratar de imponerse a una ciudadanía en la que conviven personas de diferentes credos e ideas. La Iglesia tiene su espacio –parroquias, ONGs, congregaciones, medios de comunicación …- para predicar y enseñar su doctrina, para aconsejar a sus seguidores sobre cómo deben casarse, con quién y dónde tienen que educar a sus hijos. Que pretendan que todos vivamos nuestras vidas a su antojo me parece realmente una broma de mal gusto.
Aferrarse al pasado
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