


Le ha tocado el turno de celebraciones a la Plaza Mayor. Desde que nuestros políticos, imbuidos de la más perversa filosofía globalizadora, descubrieron “las bondades” de sumir al pueblo en festejos y celebraciones están que no paran.
La fórmula es bien sencilla y muy antigua: se busca la disculpa para el evento, que es lo que menos importa, porque cualquier cosa vale; se nombra a dedo acto seguido, cuando no antes, al comisario o coordinador del festejo, nunca comisaria o coordinadora, pues el asunto es muy importante para dejarlo en manos de una mujer, y éste a su vez nombra a dedo a un equipo de colaboradores, expertos no se sabe muy bien en qué, cuya única misión es decir a todo que sí; se dota inmediatamente a este contingente humano de “primera categoría” con unas buenas infraestructuras, equipadas con las más altas tecnologías; y, lo más importante, para confeccionar el programa de festejos y asumir los numerosos y costosísimos gastos que este tipo de celebraciones originan, se asignan tales cantidades de dinero -públicos, en su mayoría- que con solo mencionarlas se le va a una la cabeza. Aparte, claro está, de las exenciones fiscales y otras prebendas que se conceden a muchos de los que deciden participar en el jolgorio.
Una vez finalizado el programa se presenta en sociedad y se monta un espectáculo muy gordo, con orquesta filarmónica, vinos y canapés incluidos, para inaugurar el festejo. Festejo al que solo están invitados los guapos y los buenos de la película, los feos y los que han sido malos se quedan en casa, castigados sin merienda y sin música.
Los medios de comunicación se ponen rápidamente al servicio de la causa, es decir del poder, y raras son las voces que se atreven siquiera a hacer la más mínima crítica. La fórmula también aquí es bien sencilla: o estás con ellos, o estás en contra. Así que, hala, a jalear el invento como dios y los mandamases y caciques de la ciudad mandan y a llenar páginas y páginas de bendiciones y de besa comentarios.
¿Y el pueblo qué pinta en todo este asunto? Pues el pueblo, nos dicen, es el verdadero y auténtico protagonista del invento. Todo se hace para y por el pueblo. Todos los desvelos y noches sin dormir de los políticos de turno y de los coordinadores y expertos también de turno, es por el bien de los salmantinos y de los no salmantinos, pues estos eventos también se organizan para atraer turistas a la ciudad. Turistas, palabra mágica donde las haya. Últimamente todo se hace pensando en los turistas. Además, mientras el pueblo disfruta con los fuegos de artificio y las charangas de pandereta y castañuelas y se “culturiza” con los numerosos “espectáculos culturales”, se olvida del paro y de los contratos basura, de las malas y escasísimas infraestructuras “por tierra, mar y aire”, de los prometidos planes de desarrollo que nunca se desarrollan, de los precios inmorales y prohibitivos de la vivienda, de las pésimas condiciones de la Sanidad Pública y de otras bagatelas por el estilo... “Demagogia pura y dura, nada tiene que ver una cosa con la otra”, nos dicen, y la mayoría se lo cree. Algunos, claro, por la cuenta que les tiene. ¿De qué nos quejamos si hemos sido Capital Europea de la Cultura, pronto seremos sede de una Cumbre Iberoamericana, ahora celebramos los 250 años de la Plaza Mayor y los padres de la patria y la cultura ya están especulando con otros inventos para entretener los próximos años?
Y así vamos, de evento en evento. De fiesta en fiesta. De celebración en celebración. De película en película... Mal le va a una ciudad que centra su desarrollo y su futuro en estos “negocios” fascinantes y engañabobos.
Bienvenido Mister Marshall o Milagro en Salamanca