


Estamos en la fase de precalentamiento de un partido que no sabemos aún si se jugará, y ya hay un sector de la grada que protesta contra el resultado, dice que el árbitro está comprado y se rasga las vestiduras por el mal juego de los dos equipos.
No sé lo que saldrá de la actual situación de debilidad del grupo terrorista eta, creo que todavía no se puede hablar, ni de lejos, de un proceso de paz, pero, como a otros, lo único que me guía en esta historia es conseguir que el terrorismo nacionalista vasco se acabe cuanto antes. Quiero vivir en libertad.
Para acabar con el terrorismo no parece que la vía más adecuada sea echar por la borda el patrimonio democrático laboriosamente trabajado durante tantos años por tan pocos. No parece que las redes de solidaridad política creadas entre distintos, la elaboración de ideas movilizadoras y eficaces para convertir en un bloque unitario lo que eran guerrillas dispersas, las complicidades y los afectos personales labrados entre todo tipo de víctimas se puedan dilapidar de golpe. No parece que todo ese capital político se pueda cancelar con urgencia, sobre todo cuando todavía no podemos anunciar ni el minuto de juego ni el resultado.
Hay ahora una especie de torbellino cainita desatado. Gente que no se ha mojado ni en la ducha contra el terrorismo, que durante años ha estado en ominoso silencio, se dedica hoy a quitar el carnet de luchador contra eta a gentes que no han necesitado tener ninguna desgracia personal para luchar contra el terrorismo, a gente que, es más, han estado a punto de sufrir desgracias personales irreversibles por oponerse a eta mientras otros, ahora tan airados, ni estaban ni se les esperaba.
Comunicador de la radio de un lado exhibe todo su ataque de celos, arremete contra Fernando Savater y dictamina que todo es un desastre, al parecer porque no se lo han contado a él, que es lo que todo gobernante debe de hacer. En el otro extremo, los jefes de prensa del apocalípsis y la guerra civil, arremeten también contra Savater, como si tuvieran la escopeta cargada desde que el 14-M, cuando perdieron unas elecciones como si hubieran perdido una guerra. Por momentos parece que da igual todo lo que se haya hecho antes. Gente que no ha ido a una manifestación contra eta en su vida, alcanza el master con ir a una sola. Una manifestación que es contra eta, sí; a favor de las víctimas, sí; pero también contra el Gobierno de un partido que también tiene víctimas entre los suyos. Al revés, gente que ha ido a centenares de manifestaciones, que se ha jugado la vida cuando estar contra eta y a favor de las víctimas no estaba de moda, ve cómo ahora el tonto de guardia le quita el carnet de opositor a eta, sencillamente por no haber ido a una manifestación.
Adolfo Suárez intentó un proceso de liquidación de eta que culminó el Gobierno de Felipe González con el cese de los polimilis, recibidos con abrazos, promocionados con apoyos públicos, redimidos de su pasado -en muchos casos con sangre-, olvidada su trayectoria de asesinatos y secuestros. Por la paz un Ave María, dijimos. Aquel proceso dio lugar a escenas en las que el etarra que estuvo a punto de asesinar a Jaime Mayor Oreja -y no lo hizo ese día por puro azar- se comía una croqueta con el propio Jaime Mayor, mientras ambos recordaban la situación entre risas amigables. Reconciliación.
El gobierno de Felipe González se sentó a hablar con eta, de igual a igual, en Argel, en 1998, un minuto después de que eta hubiera puesto sobre la mesa una cosecha terrible de cadávares: catorce de Hipercor, once de la Casa Cuartel de Zaragoza...
Aznar mandó a su trasunto en La Moncloa, al segundo del Ministerio del Interior y a un ¡asesor personal! a hablar con eta en la neutral Suiza; mientras había tregua, sí; pero también cuando había un frente nacionalista llamado Lizarra firmado por eta, el PNV, y EA.
En ninguna de esas tres ocasiones nadie salió a la calle a protestar por el resultado del partido, y eso que en esas tres ocasiones sí se había empezado a jugar.
Aprendimos, espero que todos, de aquellos antecedentes. Las situaciones no suelen ser comparables, por supuesto. Por ejemplo, nunca eta ha estado tan débil como ahora, nunca dirigentes tan sanguinarios como Pakito -que se negó a bajarse de la violencia con los polimilis, que ordenó matar a troche y moche en los ochenta- han sido tan sinceros al reconocer que esto se acaba.
El terrorismo de eta está en fase terminal y esto lo venimos escribiendo unos pocos desde hace años, entre risitas de los supuestamente enterados. Es evidente que eta puede asesinar a uno o a cien, pero es también evidente que lleva dos años sin hacerlo y es evidente que hoy resulta casi imposible encontrar por las calles de Euskadi a alguien que grite: ¡eta mátalos!, cuando ese bramido espeluznante formaba parte de nuestro paisaje cotidiano hace no tanto tiempo.
Los resultados de las elecciones autonómicas han sido buenos para los vascos que defienden la Constitución como tapete convivencia, tan buenos que estarían las gentes del PP y del PSOE botando de alegría si se hubieran producido hace cuatro años. ¿Por qué decir entonces que han sido un triunfo de eta?, cuando es evidente que no ha sido así. Hay un partido, el PCTV, que ha sido alquilado por los batasunos, pero que no es como HB, la prueba es que Otegui no estará en el Parlamento. Si alguien duda de que los resultados son buenos, que se pregunte cómo estaríamos ahora si el mentor del plan hubiera logrado mayoría absoluta.
No podemos hablar, en sentido estricto, de ningún proceso de paz. Hay síntomas de una eventual salida, síntomas que pueden concretarse con el tiempo o irse a freír puñetas, como tantas veces. ¿Qué sentido tiene, entonces, liarse a sartenazos cainitas entre los dos partidos que tan buenos resultados contra el terrorismo han alcanzado cuando iban juntos? ¿A quién conviene que algo que es solamente incipiente se interprete ya en términos gruesos de traición, claudicación, etarras con delitos de sangre por las calles y otras exageraciones? ¿Quien ha visto algo de eso?
No se cómo terminará esta historia, sólo sé que somos una mayoría los que queremos que el terrorismo se acabe, los que queremos vivir en libertad, los que valoramos el patrimonio democrático que se ha puesto en pié con tanta dificultad durante tantos años. No sé, pase lo que pase, ¿qué tal si entre bomberos no nos pisamos la manguera?
No nos pisemos la manguera