


Nuestra plaza carece de estatua ecuestre, y no porque no le haga falta o porque no tengamos dinero, sino porque hasta ahora no hemos encontrado ni al caballero ni al artista capaces de protagonizar y acometer tan grande fazaña (respectivamente).
Después de 250 años de Plaza Mayor, la ciudad ya ha encontrado a un ilustre personaje capaz de cabalgar y mirarnos desde la altura, y a un artista capaz de modelarlo con la dignidad que se merece: el siempre glorioso Don Julián Lanzarote Sastre y el muy insigne Don Fernando Mayoral.
Ya estoy viendo la inauguración: la corporación municipal en pleno puesta de punta en blanco, la policía municipal vestida de gala, con sus penachos y todo, la tercera edad con el brazo en alto, los canapés, las sonrisas, la cinta, el escultor, la prensa...
Nuestro alcalde quita el velo a la escultura y allí aparece nuestro héroe, Don Julián (el susodicho alcalde); las masas entusiastas lo aplauden; se emocionan ante la calidad del discurso pronunciado por Pedro Casado, coherente, cohesionado; atado y bien atado.
¡Ya lo veo cabalgando, la vista fija en el horizonte! Con la diestra alza el bastón de mando para que lo sigamos , con la zurda sujeta las bridas del caballo.
¡Qué gallardo se alza el animal!
¡Qué sin par monumento! ¡Qué gran proeza, salida de la mano del escultor Mayoral, ese maestro de maestros en la gubia y el cincel!
Ya imagino el pedestal, narrando los actos heroicos de Don Julián: por un lado, un relieve con el siempre glorioso guiando al pueblo contra el terror catalán que pretende arrebatarnos el Archivo (baluarte inexpugnable de esta unidad de destino en lo universal). En el otro, Lanzarote abriendo Los Bandos y lanzando al agujero a todos los que le llevan la contraria. En otro más, Lanzarote derribando el Depósito, símbolo de la barbarie y la incultura.
Y en el frente, una inscripción:
“La Ciudad de Salamanca a su Alcalde,
el inmortal y siempre glorioso Julián Lanzarote de Sastre,
combatiente incesante de opositores,
defensor hasta la extenuación de la unidad de la Patria,
martillo incansable de rojos y herejes.”
Monumento ecuestre en la Plaza Mayor