
Nuestra joven democracia ya no lo es tanto. El 23-F, por ejemplo, pertenece a la Prehistoria para muchos de los neovotantes del 14-M. Toda su memoria personal no les habla sino de libertades más o menos gozosamente disfrutadas.
Yo, al menos, que viví en carne propia algunos efectos colaterales de la dictablanda que padecimos –apenas dos o tres visitas incómodas a Comisaría, para que constara que la Policía no era tonta y estaba todo atado y bien atado- me siento como un abuelito contando estas batallitas a los jóvenes. De hecho, apenas lo hago, pues observo en ellos escaso interés, como cosa de película cutre en plan españolada.
Sea como fuere, mi generación tuvo que ser protagonista a la fuerza y descubrir dolorosamente la democracia a base de añorarla largamente, reivindicarla y no poder gozar de ella sino muy tardíamente, con un regusto agridulce en el alma por el tiempo robado, que no perdido.
Quizá por eso he asistido con cierto escándalo en los últimos veinte años a unos cuantos bandazos electorales de la gente joven, que se suponía que debían ser progresistas y desear el cambio y, en efecto, desembarcaron con armas y bagajes en el voto a la derecha hace unos cuantos años. Ahora parece haber regresado la ola, o el péndulo, o la onda expansiva, vaya Vd a saber y han vuelto a votar a la izquierda, aunque debe haber de todo, me imagino.
Y es que me temo que la educación política de nuestros jóvenes, y de los mayores, está como el tiempo, actualizada. O sea que ahora es muy mediática, inmediata, móvil. Y para colmo de males, el gobierno saliente nos globaliza de repente y, como consecuencia, dicen, el castillo de naipes de nuestro bienestar y nuestra vida placentera se desgarra en la carne de 190 compatriotas, que Patria es la tierra que nos acoge, bien o mal, sin papeles, pero nos sustenta.
Ahora que el “finde” empieza para muchos en jueves, un jueves trágico, el 11-M, hace que nuestro sueño placentero reviente. Ha llegado el tiempo de pensar, cosa bastante cara hoy en día; pensar en los millones de musulmanes sometidos a pobreza, miseria, corrupción, desigualdades sociales inimaginables para nosotros. Llega el momento de darse cuenta de que África existe, de que aquí el SIDA es una enfermedad crónica mientras que allá es una sentencia de muerte rápida. Se acerca la hora de darnos cuenta de que nuestra ropa y nuestro calzado la manufacturan niños y mujeres sometidos a trabajo esclavo en el Tercer Mundo. Tampoco estaría de más darnos cuenta de los ocho millones de españoles o cuarenta millones de norteamericanos que viven por debajo del respectivo umbral de pobreza.
Es necesario un urgente reciclaje político y, sobre todo, se impone un rearme moral. Perdón, no quiero aparecer como belicista, quiero decir que tenemos que revisar muy deprisa cuál es nuestra Utopía, qué Mundo estamos dispuestos a construir, a qué bienes materiales vamos a renunciar para compartir con los más pobres del Mundo y de nuestra Patria. Como dijo Kant: en Quién o en Qué creemos, qué sabemos, en qué hogar se calienta nuestra esperanza. Es decir, si estamos dispuestos a buscar dolorosamente la Verdad, si vamos a dejar que fluya y desde dónde la fuente de nuestra Fe y si estamos dispuestos a dejarnos guiar por una norma Moral que no queramos saltarnos por ninguna estrategia electoral, ni por ningún provecho personal.
Podría ser que intentemos hacer componendas, ser bienpensantes y desear que los países pobres se desarrollen y progresen, pero nosotros a lo nuestro, a disfrutar de lo que tanto trabajo ha costado conseguir. Podría darse también un creciente desprecio a estos islamistas fanáticos dispuestos a morir y matar sin importarles nada, en lugar de intentar comprender. Podría ocurrir que se generalizara una opinión ya bastante común acerca de la violencia implícita a toda religión, sin percatarnos de la violencia explícita que acompaña necesariamente a algunas formas no religiosas de pensar; neomarxismo, neoliberalismo, neopaganismo. Si así fuera, la guerra seguiría siendo panorama cotidiano para nosotros y nuestros descendientes.
Las matanzas de Madrid pueden ser oportunidades para la formación política y para el rearme moral, ocasión de arriesgarnos a sacar lo mejor que hay dentro de nosotros mismos, sin miedo a la Verdad. ¿Lo haremos?
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