
Es muy incómodo, ¡bendita incomodidad!, para quien gobierna estar sometido al control de los ciudadanos, ya sea a través de los partidos políticos que están en la oposición o por medio de los mecanismos que permite el sistema. Cuanto menor es la cultura democrática de los dirigentes, más buscan alejar de los ciudadanos el interés por las decisiones políticas y para ello lo mejor es tenerles contentos.
El pueblo es más fácil de complacer cuanto menor es su nivel cultural, ya que resulta más barato y sencillo cubrir sus exigencias primarias. Desde el pan y circo de los romanos, hasta el fútbol y toros de los recientes tiempos de la oprobiosa, todos los intentos de manipulación popular han tenido el común denominador de tratar de reducir su nivel cultural.
Aún hoy en día, con esta democracia asentada, padecemos ese deje en algunos reductos muy cercanos, donde encontramos desde una cultura de glamour en la que abundan los individuos que buscan un estatus rancio-social, hasta una cutre-cultura en la que se valora más lo raro al estilo de las películas de ‘arte y ensayo' de los años sesenta.
En Salamanca también contamos con algunas iniciativas muy escasas dignas de elogio y con algunas otras de carácter temporal que se deben más a la obtención de rendimientos políticos que a contribuir a la formación de los ciudadanos.
Quienes tienen cierta inquietud cultural procuran aprovechar al máximo la parte salvable de estas ofertas, pero es necesario que la sociedad reclame más y mejores iniciativas para todos si queremos evitar que las insuficientes muestras culturales que se oferten se queden en moneda de cambio para conseguir otros fines.
Son muy pocos los que hoy en día tienen fuerza suficiente como para conseguir que aumente y mejore la oferta; sin embargo, los esfuerzos paralelos que hagamos para mejorar la calidad de la educación de nuestros niños multiplicarán por mucho las exigencias de los jóvenes de mañana y de los adultos del futuro.
Una buena educación nos llevará a que los programas-basura de televisión y radio, las publicaciones cutres, los espectáculos mediocres, las películas sin calidad, las exposiciones vulgares y, en general, las muestras de infra-cultura permanezcan en un inevitable y excepcional reducto porque apenas habrá quien los reclame.
Al mismo tiempo es necesario establecer unas exigencias mínimas de calidad en los medios de comunicación públicos y buscar vías de entendimiento con los privados para evitar el bochornoso espectáculo mediático que nos inunda cada vez más. Los espacios audiovisuales y escritos de cotilleo soez, que en muchas ocasiones vulneran los más elementales derechos constitucionales, se están convirtiendo en el pan y circo de antaño.
Ojalá cambiemos esto entre todos pronto para que no haya otra caída-del-imperio-romano.
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