opinion teresa carvajal


Salamanca se ha convertido en imprevisto escenario de la confrontación política nacional, que se viene caracterizando, desde que se produjo el cambio de Gobierno, por la crispación y el “todo vale”. El Partido Popular sigue bajo el síndrome victimista, sin ser capaz de asimilar que fue desalojado del poder por una movilización ciudadana, consciente, madura y democrática y no por ningún complot urdido en su contra.

La estrategia de crispación orquestada por Zaplana y Acebes (Zipi y Zape, como al parecer les llaman sus señorías en el Congreso) tiene su reflejo en Castilla y León, donde el Ejecutivo regional más que gobernar hace oposición al Gobierno Central. Mientras en otras comunidades se utilizan como armas arrojadizas artilugios diversos, aquí nos ha tocado una posición netamente PP: papeles y presa, como dice con gracia un buen amigo. La presa, por si en Salamanca no se tiene muy presente, es la de Castrovido en Burgos, cuya rebaja de cota se ha convertido en un problema crucial, por lo visto, y por el que la Junta de Castilla y León, con el Consejero de Medio Ambiente (¡!) a la cabeza, se viene enfrentando a la Ministra Narbona, con amplio apoyo de medios de comunicación afines. De los papeles ya lo sabemos casi todo, pero no está de más que insistamos en subrayar la irresponsabilidad de quienes azuzan el anticatalanismo, reavivan el orgullo de los vencedores de la Guerra Civil o animan un sentimiento “salmantinista” digno de mejor causa. El único consuelo es solazarse viendo a gentes de orden haciendo llamadas a la desobediencia frente al Gobierno central, al que de esta forma se discute su legitimidad -que de eso se trata-.

No sirven a los intereses de Salamanca esos políticos que se niegan a negociar porque anteponen el oportunismo partidista aunque lo quieran ocultar con un artificial sentimiento de orgullo o un falso simbolismo, que equipara “unidad de archivo” (concepto recién apropiado y manipulado) a “unidad nacional” hoy y quizá a “unidad de destino” mañana.

Por si al ambiente le faltara algo, nuestro inefable Alcalde, en un gesto teatral y chulesco, decide que necesitamos un nuevo conflicto local y rescata del olvido el aparcamiento en la plaza de Los Bandos. Un nuevo frente que unir a las calumnias en torno a la Casa Lis (que costó el puesto a su secretario particular), la dimisión del concejal de Patrimonio (¡En una ciudad Patrimonio!), los escándalos de la “mafia marbellí” reinstalada en Salamanca, etc.

Pero no se trata sólo de desdecirse respecto de sus afirmaciones de hace ocho años, cuando manifestó que no quería pasar a la Historia como el Alcalde que se cargó la plaza de Los Bandos, sino que además retoma el proyecto con un tono provocador, aliándose con intereses minoritarios y muy particulares, es decir creando confrontación en la ciudad, lo que no se le debe consentir a ningún Alcalde.

Lo curioso es ver cómo su partido calla y asiente, cabe suponer que tras haber hecho un primer balance de potenciales “daños” electorales. Qué difícil debe ser significarse con una opinión distinta cuando el empleo de uno depende del humor con el que se levante el Jefe. Es más cómodo seguirle la corriente y confiar en la “teoría de la cabra”; sí, esa tan difundida que dice que en Salamanca, salvo catástrofe o accidente -en la Oposición-, el PP ganará aunque ponga al frente a una cabra. La teoría, en mi opinión, ya ha sido contrastada.

Y lo peor es que, más allá de lo que pase con Los Bandos, al Alcalde le quedan más de dos años de ocurrencias de este tipo, hasta que se “jubile” en el Senado como dice que quiere hacer. Habrá que convenir que la disposición mental de prejubilado, en política, encierra muchos peligros. Nuestra escena política local cada vez parece más un cómic, perdón, un TBO.

Luis Enrique Espinoza

Entre Zipi, Zape y la bestia