
No soy periodista; no soy político; no soy literato (bueno, un poco sí, aunque mero aficionado). Por el contrario, mero ciudadano. Interesado, eso sí, en lo que pasa a mi alrededor, los acontecimientos del día a día, la actualidad que nos asalta y hasta nos supera y de la que formo criterio propio. Quizás por ello, creo que puedo jactarme de tener una perspectiva de las cosas híbrida entre la que tiene el profesional de la vida pública, ya sea en la rama periodística, ya sea en la rama política, y la del mero habitante (que no ciudadano; y nadie vea en esta distinción nada despectivo sino descriptivo) que pasa por la vida preocupado por sus cosas cotidianas y al que los problemas que pueblan la prensa diaria o le sirven de muleta en su tertulia de café o caña, o directamente le traen al fresco. “Cosas de los políticos, que son todos iguales. Los unos y los otros” El que no haya oído alguna, qué digo alguna, ¡1000 veces! , esta expresión o una parecida, que levante la mano. Normalmente eso se suele decir, a modo de conclusión (que reporta cierta sensación de autoridad al que la dice) para pasar sin solución de continuidad a comentar los goles de Ronaldo.
Esta meditación no pretende nada más que hacernos ver que, en la descarnada realidad de las cosas cotidianas, la gente, en el fondo, se preocupa más de si el sábado podrá cenar en el restaurante que le gusta que de si se desmembra el Archivo, si la Casa de Lis no tiene dinero para mantenerse abierta o si en el Gran Hotel harán casas o helipuertos. Se les puede llegar a soliviantar tocándole la fibra sensible con argumentos destinados al corazón más que a la razón. Pero eso dura el tiempo justo en que se pone a pensar el lugar adonde irá a pasar las próximas vacaciones.
Desengañémonos: en esta sociedad autocomplaciente, adormecida y sedada, en la que todo se resume en + placer y – sacrificio, nadie se permite el lujo de estar crispado más allá de lo estrictamente necesario. Bueno, los que viven de ello, sí.