
“Sosegaos, hombres de bien –dijo Sancho-"
El cuarto centenario de la publicación de El Quijote debería servir para poner en uso algunas de las expresiones más logradas de Cervantes. Por ejemplo, esa invitación, ese concejo, esa norma de relación humana que encierra la palabra “sosegaos”, con la que invita el autor a moderar el diálogo de sus personajes. Es una lástima que se haya perdido esta expresión tan cervantina. Es una pena que en esos foros públicos y solemnes donde todos quieren hablar al mismo tiempo, porque todos tienen la razón de su parte, no se deje oír con más frecuencia, “¡sosiéguense ustedes, señorías!”. O como dirían los rioplatenses argentinos “sosegate,vos”.
El mal ejemplo de nuestros políticos.
El tono y las expresiones que intercambian nuestros políticos en sus intervenciones públicas no es la normal y lógica disparidad de criterios, sino la confrontación pura y dura, con lo que el adversario sube de escala y se convierte en enemigo al que hay que combatir en todos los terrenos. Nuestros políticos, por desgracia, nos dan lecciones diarias de esta actitud hostil y, con frecuencia, violenta. En la reciente campaña del referéndum de Europa, aunque la mayoría estaban de acuerdo, no por eso desaprovecharon la ocasión para resaltar los errores pasados o presentes del adversario, aunque esta vez estuviera en la misma línea. Hay tal deformación en nuestros políticos que hasta para decir “sí” se pelean, se insultan y marcan sus límites territoriales, cual fieras salvajes. Si alguna vez acercan sus posiciones, lo normal es que dicho acuerdo, dure menos que lo que tardan en darse la vuelta.
Sin embargo, una de las consignas o voces claras y potentes que reciben del pueblo llano es todo lo contrario. La gente les pide que se unan para solucionar sus problemas, no que armen una gresca para debatir sus diferencias y sus intereses. Los catalanes están recibiendo ahora esta dura lección. Sus políticos no se juntan para solucionar el problema de los que se han quedado sin hogar en el barrio del Carmelo, que ha quedado en un segundo lugar, lo que importa ahora es la confrontación Maragall-Artur Más, es decir, PSC-CIU. Como del “plan Ibarreche”, lo que vende son las discrepancias entre el Gobierno y el PP. Cada debate, cada problema, es una polémica, agria, dura y de una violencia verbal que inquieta. ¿Por qué los políticos dan tal mal ejemplo cívico? Porque no debaten ideas, sino intereses personales. Lo que está en juego es un puesto de “trabajo” y bien remunerado. Los partidos políticos están llenos de “profesionales” de la política, que no están dispuestos a perder su posición privilegiada por nada del mundo. ¿Qué harían la mayoría de nuestros políticos, me refiero a los de casa, si tuvieran que dejar el puesto? Por eso defienden su territorio y el de los suyos que van colocando aquí y allá, con uñas y dientes. A esto llamo yo crispación.
Los medios de comunicación favorecen este clima .
Se está haciendo un periodismo de titulares (porque vende más), y donde esté un exabrupto, una denuncia, un intercambio de acusaciones o insultos, que se quiten las palabras que abren un diálogo. Los políticos que más largan, tienen más cancha en los medios de comunicación que quienes sopesan sus expresiones. Un político “sosegado”, no interesa, no vende. Un ejemplo. En Salamanca, en los últimos ocho años el político que más titulares ha dado a la prensa, pero con mucho, ha sido el alcalde Julián Lanzarote. Cuestión de “talante”.
Tampoco les vendría nada mal a las empresas de comunicación repasar la invitación al sosiego y a la ponderación de Cervantes, porque están haciendo una información crispada, por supuesto parcial y tendenciosa. La mayoría de los medios, escritos, hablados y susurrados, ya se sabe lo que van a decir de Zapatero, de Rajoy , antes de abrir sus páginas o sintonizar el canal. Lo peor es que lo hacen sin matices. Lo que para unos es blanco, para los otros es negro, negrísimo. Se acentúa lo que gusta y se silencia lo que no va con mis ideas. La selección de informaciones y el relieve que se da o se quita a una noticia ya no se hace por criterios periodísticos, sino por intereses partidistas y comerciales. La objetividad, la imparcialidad hoy ya no se discuten. No venden. Y el ver sólo una parte conduce necesariamente a distorsionar la realidad.