

Colectivos más marginados
Matilde Garzón Ruipérez
Me gustaría llamar la atención sobre dos colectivos que sufren una especial marginación en esta nuestra salamanca, “muy culta y muy noble”: los mayores y los presos.
Se ha hablado ya de la mujer, de la violencia de género. Como mujer, sin casarme, he sentido cierta violencia doméstica pues en mi familia, los hombres nunca colaboraban en faenas domésticas, se escabullían en momentos difíciles y eran tratados como los reyes del hogar. En las comidas, por ejemplo se les servía siempre los primeros, y las niñas, aunque estudiáramos tanto o más que ellos, teníamos que plancharles las camisas- aquellos cuellos y puños de algodón- ir a la compra, ayudar en la limpieza...No voy a referirme a las vejaciones de carácter profesional, más en una época de dictadura, porque mi propósito es fijarme en un colectivo al que hoy pertenezco: las mujeres mayores, de tercera edad, ancianas, o como se las quiera llamar.
Las mujeres de mi barrio, se mantienen en la misma ignorancia en que les sumió la falta de oportunidades, la necesidad de trabajar en las labores domésticas de la casa, propia y ajena. Ahora, viudas la mayoría, derrochan humor, a pesar de que no alcanzan una jubilación merecida porque les ha salido una nueva ocupación- ser canguros de sus nietos- que las tiene en jaque de la mañana a la tarde. Los curas- más machistas que nadie- después de alabar su amor y generosidad, en sus predicas domingueras, arrojan sobre sus cansadas espaldas la limpieza de la Iglesia. Ninguna asociación se preocupa de ofertar actividades que amplíen sus capacidad para disfrute y compensación de lo que la sociedad otrora les negó.
Hace unos años el Ayuntamiento ofertó unas clases de informática. A las tres de la tarde, dos días por semana fueron acudiendo a la Facultad de Psicología hasta seis grupos de veinte mayores. Era una acrobacia para Maite, la profesora, conseguir en ocho sesiones, que moviéramos el ratón, chateáramos, abriéramos páginas de Internet y manejáramos el correo electrónico. Algunos al menos, aparcamos nuestro miedo a la maquinita. Fue agradable la experiencia, pero en la clausura, le dijimos al Sr. Alcalde, que ese comienzo exigía una continuación. Promesas no faltaron, incumplidas, como casi siempre. En otro cursillito de Gerontología al que me apunté, compartimos pupitre con un grupo de muchachos que, en general y con toda lógica, buscaban unos créditos. Con ellos amigamos en los trabajos de grupo. A lo que voy: el día de la clausura, abordé otra vez al Sr. Alcalde. Además de recordarle su promesa incumplida, le hice una reflexión sobre la manipulación que se está haciendo de unas personas, a las que no se las tiene nunca en cuenta para opinar, decidir y gestionar, sí en cambio, para experimentar y sobre todo para recoger su cualificado voto, por ser el colectivo más numeroso. Abundan las Asociaciones de mayores, a las que se contenta con un saloncito para jugar a las cartas, un jardín para la petanca, unas excursioncitas y alguna comilona.
No se puede meter en el mismo saco a un colectivo tan amplio. Prejubilados de 50 años, jubilados de 60 a 70, de profesiones muy diversas, la mayoría con una gran riqueza acumulada. La marginación de las personas mayores es patente a la hora de tener en cuenta sus opinión en los distintos foros, satisfacer sus deseos de aprender, de no esquinarse de la marcha de las demás personas, poder ir a la Universidad a recibir lecciones de Astrofísica o de Derecho comunitario o de Literatura o Psicología o de Informática, compartir estancias y lugares de ocio con otras generaciones, no ser usados para llenar los bancos o quitar la mugre de las Iglesias, para acrecentar los negocios de las Residencias.
Deberíamos releer el Tratado Ciceroniano sobre la Vejez o preguntar a los psicólogos sobre la inteligencia de los ancianos, o reconsiderar el gran papel que hicieron los Presbiterios, los Senados, los Consejos de Ancianos en la Antigüedad y en tiempos no tan lejanos y empezar a aplicarlo, sobre todo los grupos que dicen luchar por la dignidad de todas las personas. Tal vez..., habría menos Altzeimer.
Otro día, si me dejan, expresaré mi opinión y preocupación por las personas que sufren pérdida de libertad junto con vejaciones de todo tipo.