
Una de las cosas que más me sorprenden, gratamente, por cierto, es que los salmantinos (y todos los castellanos), más allá de lo que opinen los políticos de un signo o de otro y de sus propias opciones políticas, parecen estar unidos en esto. Parece que dejamos de lado la fúnebre descripción machadiana: “Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora”
Al final, los que están allí quieren lo que hay aquí , porque consideran que allí no es lo mismo que aquí y, en el momento en que hayan conseguido lo que quieren, los de allí nos dirán a los de aquí : ¡hasta siempre!
Aunque parezca un trabalenguas, está bien claro. Una vez más, la Castilla centrípeta contra los nacionalismos centrífugos. Y España, de fondo.
Desde una perspectiva humana es comprensible que las instituciones y personas de Cataluña tengan un especial cariño por sus símbolos. Nosotros adoramos nuestra Plaza. Pero, si vivimos en un país en el que allí y aquí es lo mismo, España, y queremos que siga siéndolo, es el momento de la pelea por los símbolos, por la espuma, para poder ganar la batalla que se avecina, el interior de la ola, la unidad constitucional de España.
El interior de la ola
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